INTRASCENDENCIAS

Por Guillermo H. Zúñiga Martínez



Siempre pensé que un Presidente de México era un ser excepcional, inteligente, experimentado y que sus actos, invariablemente, se inscribían dentro del panorama nacional con una sola aspiración: hacer el bien a los demás. Como ejemplo clásico, viene a mi memoria la acción republicana y patriótica del veracruzano don Adolfo Ruiz Cortines, de quien nunca se conocieron actos de corrupción o frivolidad.

En estos días, observo y pondero que los dos últimos presidentes de origen panista que el pueblo ha padecido, principalmente Vicente Fox, quien sólo se dedicó a lucir sus botas de charol por el país y el extranjero, han sembrado dudas, nostalgias y hasta arrepentimiento en aquellos que un mal día les depositaron su confianza.

Con tantas responsabilidades de fondo, el Presidente actual difunde medidas administrativas que francamente carecen de importancia. Me explico: el pasado miércoles 23 de junio, la Presidencia de la República dio a conocer a los mexicanos una modificación que consiste en colocar las franjas de colores de la Banda Presidencial en un orden distinto al que tenían. Me pregunto, sin tratar de ofender a nadie ¿Qué tanto puede importarles a campesinos, obreros, artesanos, amas de casa, intelectuales, empresarios, jóvenes, en fin qué repercusión tiene para los mexicanos esta disposición dictada por el Ejecutivo Federal y que consiste en que la Banda que utiliza de vez en cuando, sufra alteración en el orden de sus vetas cromáticas? Sinceramente, me parece vacua y plena de insensibilidad la disposición publicada en el Diario Oficial de la Federación.

Invariablemente, el Poder Ejecutivo del Estado mexicano ha contado con abundantes recursos para contratar pensadores, escritores y grandes personalidades, con el propósito de que auxilien con su saber a los que, para bien o para mal, detentan el poder en este sufrido país, pero tal parece que recurrir a mexicanos talentosos es propio de personas sin complejos, de políticos que piensan únicamente en hacerle bien a la nación y que les da exactamente igual quién o quiénes puedan fulgurar independientemente de sus creencias o formación.

Si usted observa con detenimiento y analiza los colaboradores que tienen algunos políticos, llegará a la conclusión de que los escogen para que no brillen, para que nadie destaque; en consecuencia, los resultados de la administración son tétricos.

Lo que resulta innegable, es que los presidentes de México recurrían a lo más granado de la inteligencia nacional para que los orientaran e hicieran bien las cosas, para que la República prosperara de manera indubitable. Recordemos a Vicente Lombardo Toledano y a Jesús Silva Herzog, junto a Cárdenas; a Jaime Torres Bodet con Adolfo López Mateos, por ejemplo. Ahora esto ha cambiado, porque lamentablemente, las personas que ejercen el poder creen y sienten que lo saben todo, que son sabios y que su pensamiento abarca e ilumina cuanto existe, cuando en realidad dan pena por sus pocos alcances y desmesuradas estrecheces mentales.

A estas alturas del siglo XXI, cuando muchas concepciones deberían estar superadas, la sociedad mexicana tiene que sobrellevar a políticos superfluos, corruptos, transformados por el poder que sienten que lo son todo, cuando en lo individual valen menos que un cacahuate, y ordenan acciones como éstas, que son propias de Felipe Calderón Hinojosa, quien se dedica a legislar sobre un tema intrascendente, cuando este país en el que vivimos está pidiendo a grito abierto reformas estructurales, cambios profundos en la dirección del Estado, redefiniciones políticas que lo conduzcan hacia la competitividad internacional y el progreso.

A los mexicanos les agradan los políticos que buscan la historia, que tratan de trascender por sus acciones, que desean tener un lugar en la memoria colectiva; ésos son los que merecen la pena, y no los que buscan los cargos para enriquecerse y resolver sus problemas personales, familiares y de grupo. Esto último es lo que ha envilecido y degradado la política.

La política debe utilizarse para alcanzar un rango de reconocimiento auténtico entre los gobernados y ser, en serio, motivo de orgullo y no de vergüenza para la colectividad.

Retomemos el ejemplo de Benito Juárez, quien es grande no tan sólo por él mismo, sino porque escuchó, aceptó y coincidió con hombres geniales y valiosos de su época, dentro de los cuales supo sobresalir para darnos el mejor período de la historia de México: La Reforma.

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