ENFERMAR, UN PROBLEMA.

Por Guillermo H. Zúñiga Martínez



Hace unos días, como a todos puede suceder, enfermé; fue un problema en la garganta. Era domingo, día que la mayoría de los médicos utilizan para convivir en familia. ¡Qué brete recurrir a alguien para ser atendido! Hice lo que me pesa: molestar a un amigo; le hablé al doctor Arturo Jaramillo Palomino, profesional que recuerda el Juramento de Hipócrates y lo cumple puntual y patrióticamente. Me citó en su consultorio; examinó la parte afectada y dijo: " -Tiene infección arriba de la amígdala derecha" y me preguntó “¿Aguanta usted las inyecciones?” La verdad no me agradan, pero le dije que sí. Extendió la orden y de inmediato acudí a una farmacia.

Me atendió una empleada. -¿Su receta? Se la entregué; la analizó y surtió la mercancía; cuando me disponía a cubrir el importe, como es natural le supliqué me la devolviera, se negó, explicando que una vez vendida la medicina, tenía la obligación de conservarla para su archivo y justificación porque, de lo contrario, la negociación puede ser multada por las autoridades sanitarias y ella no podía ni debía arriesgarse; no discutí. Una vez realizado el pago, salí en búsqueda de un lugar en el que pudieran aplicar el medicamento, dirigiéndome al sanatorio San Francisco donde, por cierto, el personal -enfermeras y médicos-, son muy atentos, afables, porque están revestidos de un sentido de servicio que vale la pena destacar. Pregunté cuánto me costaba que me inyectaran y me dijeron que veintitrés pesos con todo y jeringa. Cuando iban a hacer sus anotaciones me exigieron aquel documento; expliqué que se había quedado en la botica, por lo cual me solicitaron una copia y les informé que era un día domingo y que en aquel establecimiento, en este pleno mundo lleno de tecnología, no tenían fotocopiadora. Me mandaron a una negociación especializada, misma que fui a buscar y, lo que era lógico, la encontré cerrada; alguien sugirió: váyase usted hasta Altamirano, a ver si la de allá está abierta. Tuve que caminar como diez cuadras y al tratar de contratar el servicio, me encontré también con que las puertas estaban sin abrir. Lo que tenía que hacer era ir a la oficina, o a mi hogar, para obtener la copia, pero ya no me quiso facilitar el original la dependienta, por lo cual quedé totalmente desarmado e indefenso.

Los contrariedades son para resolverlas, pero en muchas ocasiones uno depende de los demás para hacerlo, por lo cual tuve que volver a localizar a mi amigo el doctor Jaramillo para clamarle que me extendiera un duplicado porque, de lo contrario, la medicina que había prescrito no iba a ser posible utilizarla y, gracias a su generosidad, se puso a trabajar en su casa para darme nuevamente el documento con el cual regresé al sanatorio y ya me aplicaron la primera dosis.

Quiero comentar que mi esposa se ofreció para inyectarme y evitar los inconvenientes burocráticos que estaba sufriendo, pero no consideré justo molestarla y decidí encontrar otros caminos para llegar a la misma solución. No faltó un amigo que, según comentó, había vacunado muchos borregos y vacas y, en consecuencia, tenía una práctica formidable, que nada más le tuviera un poquito de confianza, consiguiera un algodoncito y alcohol y él mismo superaba el apuro pero, la verdad, tuve mis reservas y decliné el ofrecimiento, hasta que se solucionó gracias a la responsabilidad del doctor Jaramillo.

Como usted sabe, en México hay lugares donde falsifican recetas y es que, en las cuestiones de salud, mucho tiene que ver el criterio y el tipo de medicina que se va a aplicar; no todos los antibióticos son para personas cuyas actividades están fuera de la ley. En mi caso era una necesidad real, y se trataba de ayudar a un enfermo que de ninguna manera pretendía cometer alguna irregularidad. Este asunto que estoy relatando es muy probable lo estén confrontando muchos ciudadanos, hombres y mujeres que necesitan atención médica, por lo cual hago un llamado para que se reglamente este tipo de procedimientos.

Un aprieto de esta clase, me decía un amigo, se puede superar con una persona experta en aplicar inyecciones o, de otra manera, que algún médico distinto extienda una réplica de la prescripción con base en la medicina sugerida. Esto está sucediendo, ya existen falsificadores, porque tenemos el defecto de tratar de superar los asuntos a base de triquiñuelas como parte de costumbres francamente deplorables.

En consecuencia, lo que deseo proponer es que haya claridad en las disposiciones de la Secretaria de Salud y que, si se requiere copia de esta clase de documentos, se suplique a los médicos que la hagan -porque no tienen conocimiento de esto-, y que se precisen criterios de atención al público en los sanatorios particulares y oficiales dado que, en mi caso, podía esperar hasta dos o más días, pero habrá otros que sean de urgencia, pueden correr riesgos, tener repercusiones graves y en algún momento irremediables.

Si esto sucede en la capital del Estado, no quiero imaginar lo que acontece en las pequeñas poblaciones de Veracruz.

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