CARLO ANTONIO CASTRO

Por Guillermo H. Zúñiga Martínez



Hace unas semanas le supliqué al doctor José Velasco Toro fuera el amable conducto para rogar al maestro Carlo Antonio Castro que nos recibiera. La idea concreta era visitarlo y platicar con él. La entrevista se realizó; en unión de su señora esposa, doña Carmen Vargas Delgadillo, y su hija Carmina Colomba Castro Vargas, quienes nos colmaron de atenciones. La charla se dio en el marco de su estupenda y rica biblioteca.

De inmediato mostró su curiosidad por el motivo de nuestra presencia y expresó: “¿En qué les puedo servir?”Le contestamos que era una visita de cortesía y deseábamos robarle algunos instantes para hablar sobre temas culturales que estimamos importantes. Accedió y, entre el aroma de café y el sabor de las galletas, empezó a apuntar algunas pinceladas de su vida. “Les quiero conversar que mi padre sufrió algunas peripecias para salir de nuestro país de origen y llegar a esta tierra en la que ahora vivimos. Él era un hombre preocupado por la educación de sus hijos y tenía la idea de que asistiéramos a escuelas prestigiadas. Mis maestros eran sabios, se preocupaban por darnos lecciones de moral e infundirnos intereses y apreciaciones sobre temas de carácter histórico; propendían a enseñar el desarrollo de nuestras comunidades para ir ampliando el conocimiento hasta abarcar el propio continente. Todavía recuerdo los himnos nacionales de todos los países de América y llevo en mí aquellas enseñanzas, que fueron la base principal de lo que después fue la pasión de mi vida: el estudio de las civilizaciones prehispánicas y sus lenguas.” Nosotros lo escuchábamos con aprecio, porque en realidad su memoria era prodigiosa. Él se lleva todo un cúmulo de conocimientos, de sabiduría y sólo nos deja su recuerdo y su magnífica y extraordinaria obra literaria y científica.


Nos mostró algunas revistas que dirigió, también traducciones del tzotzil, así como cuentos y en mi caso no me abstuve de decirle que admiraba una obra suya que se titula “Los hombres Verdaderos”, de la cual es un deleite la lectura y debería ser publicada nuevamente porque ya casi no se consigue en las librerías.

Enterados de su enorme autoridad en el campo de las lenguas prehispánicas, le pregunté qué pensaba en torno a la alfabetización y la enseñanza de la lectoescritura en las comunidades latinoamericanas; mi interés era saber qué opinaba sobre los intentos que hacen las autoridades federales para enseñar a leer y escribir a los indígenas en su lengua materna cuando, al ser consultados, ellos mismos no quieren, no desean apoderarse de los instrumentos de la lectoescritura en su propio idioma porque reclaman, con justicia, que después no tienen dónde leer, que el trato social y con las autoridades así como con el resto de la población es en español, a lo cual contestó que efectivamente debería ilustrarse en el idioma oficial, pero las lenguas autóctonas merecen vigorizarse de manera hablada y seguirse estudiando por los lingüistas; aceptó que cuando se trata de estudiar materias fundamentales de una profesión determinada, no hay obras escritas, por ejemplo, en náhuatl o en tzotzil, en mixe, totonaca o huasteco, etc., por lo que el desarrollo vertiginoso de la sociedad sobrepasa los mínimos esfuerzos que hacen los gobiernos para tratar de editar pálidamente algunas obras de carácter cultural en los idiomas prehispánicos.

Le exponíamos que era cansado y representaba una pérdida de tiempo escuchar las discusiones de técnicos cuando se les encarga la elaboración de textos para zonas indígenas, porque pasan meses o años sin que el material se concrete y el atraso sigue, a pesar de que algunos políticos tratan de vender la idea de haber resuelto el problema del analfabetismo, como si le hablaran a personas ausentes de la cultura y el desarrollo.

El coloquio nos enriqueció mucho y en verdad que es interesante conocer y tratar a hombres sabiamente dotados por la naturaleza. Sabía mucho y su capacidad de retentiva era realmente prodigiosa.

Maestro de muchas generaciones, autor consolidado de libros de consulta obligatoria, erudito y sobresaliente antropólogo y lingüista, nos dejó su enseñanza de humildad, cordialidad y amor por esta tierra a la que tanto quiso. Se fue y lamentablemente en vida no se le reconoció su auténtica valía, porque científicos como Carlo Antonio Castro son un verdadero ejemplo que debió haberse dado a conocer en Veracruz y en el país y ya una vez que partió hacia el Eterno Oriente, duele no haberle grabado programas especiales en los cuales nos hubiese dejado muchas enseñanzas.

Desde esta modesta colaboración, deseo tributarle un homenaje de gratitud y reconocimiento porque, tengo que decirlo, cuantas veces se le pidió su colaboración para enriquecer trabajos de carácter educativo, invariablemente y con altruismo admirable, participaba con nosotros. Descanse en paz tan ilustre intelectual veracruzano.

zmgh12@gmail.com