SACRIFICIOS OLVIDADOS

Por Guillermo H. Zúñiga Martínez



Quiero saludar este nuevo año con unas líneas, que me nacen desde la plena sinceridad que debemos situar para comunicar vivencias inolvidables.

Con lágrimas bien sentidas, Gaby, la esposa de mi hijo nos dijo: “se queda Guillermo con ustedes”. Para su conocimiento, ese nombre es el de mi nieto; nunca habíamos disfrutado la fortuna de tenerlo –a él sólo- en casa. Enormes responsabilidades se presentaban durante los pocos días en que estaría a nuestros cuidados.

Sus padres se fueron; tenían que cumplir compromisos laborales en México y el niño, de apenas dos años de edad, se quedaba en Xalapa con sus abuelos paternos. Una vez que partieron empezamos una nueva experiencia: cuidar, alimentar, distraer y entretener al ser hermoso que es nuestro nieto.

Tratar de comprenderlo, saber lo que quiere, intuir lo que desea, fueron motivo de esmeros y atenciones, porque en realidad deseábamos que estuviera contento.

Con su lenguaje expresivo y contundente, pedía caminar, gatear o ser cargado; sus gracias consistían en hacernos ojitos, reír, carcajearse; cuando intencionalmente tratábamos de perseguirlo o de prohibirle con suma delicadeza alguna de sus acciones, nos tomaba de la mano, pedía atención y -lo máximo-, subía y bajaba escaleras sin cansarse, sólo que la obligación nuestra era estar alertas, seguirlo y asistirlo; después de varios viajes, me dolía la espalda y él apenas si empezaba sus exploraciones cotidianas.

Alimentarlo adecuadamente, cuidar lo que estaba a su alrededor, vigilar el tenedor, la cuchara, la servilleta, el mantel, los platos, en fin, estar atentos a su proceder; repetirle palabras con el fin de encontrar su eco, proteger los instrumentos electrónicos, pedirle el teléfono, -cuyos números marcaba repetidamente-, suplicarle que nos diera el control de la televisión y sentir la fuerza de sus manos al asirlo; entretenerlo para que dejara los celulares y el ipad, fueron labores inconcebibles y arduas.

Cambiarlo, procurar que no le diera el aire demasiado frio y por las noches tratar de que se quedara dormido hasta lograrlo, para poder descansar. Tema aparte era el momento de bañarlo, porque después de disfrutar el agua su “Abe” Guillermina, con esfuerzo conseguía retirarlo.

Casi todas esas actividades las desarrollaba su abuela, pero ambos terminábamos agotados, listos para entregarnos a los brazos de Morfeo y era tanta la preocupación que, en el alba, abríamos con mucho cuidado la puerta de su aposento, para escuchar su bello resuello; después de observarlo le decía a mi esposa -Duerme bien Guillermo-, para después reencontrar el descanso madrugal.

Explico lo anterior someramente, para exclamar qué tarea tan inconmensurable tienen las mujeres para amparar, guiar, y educar a un niño, qué formidable son sus amorosas acciones para complacer a sus descendientes; confieso que jamás había aquilatado en toda su magnitud la importancia que le dan a la crianza de sus retoños. Recordaba con claridad y admiración los afanes de mi compañera con nuestros hijos.

Al amanecer de este 2011, rindo un homenaje de devoción, sin ninguna reticencia, a las mujeres de mi patria, porque sin duda de ellas depende la felicidad y la dicha de las nuevas generaciones.

Sobresale la fe, el cariño y la confianza que los padres deben tener en sus hijos, dado que un mandato divino es creer en el destino y desarrollo de todo infante, porque alejarlo de los sinsabores y envolverlo en la armonía, en la dicha, en el respeto y la concordia e infundirle seguridad, son las semillas preciosas en el crecimiento de un nuevo ser.

Felicidades para todas las madres, mi reconocimiento a sus sacrificios con la esperanza en sus renuevos, sin esperar absolutamente nada a cambio.

zmgh12@gmail.com