¿Y LA CULTURA POLÍTICA?
Por Guillermo H. Zúñiga Martínez
Por Guillermo H. Zúñiga Martínez
Antes de la reforma constitucional de 1977, los partidos políticos vivían de sus cuotas y de las aportaciones voluntarias de su militancia. Sería un engaño afirmar que los gobiernos priistas no apoyaban a todos los comités del partido en el poder; eso es una verdad irrefutable. Cuando don Jesús Reyes Heroles y José López Portillo acordaron modificar la Carta Magna, incluyeron una expresión cuyo significado ha tenido una trascendencia considerable desde el punto de vista monetario porque asentaron, en el más alto sentido jurídico, que esos institutos son “de interés público”. Este reconocimiento es el que obliga al gobierno a proporcionarles las prerrogativas económicas. Desde entonces han surgido diversas organizaciones que se nutren de los impuestos de los mexicanos; y conste que son demasiados millones de pesos que utilizan los líderes, unos para enriquecerse y otros para realizar actividades sociales.
Es obligación de los organismos de interés público capacitar y orientar a sus militantes, prepararlos de tal manera que puedan defender, con elegancia y persuasión, las tendencias de carácter ideológico y los propósitos que tienen para servir con eficacia a la sociedad. En nuestros días nos damos cuenta que el dinero que reciben -que es del pueblo- lo utilizan para todo, menos para dar cultura y, ni por asomo, ilustración política a sus representantes en los diversos ámbitos de autoridad. Recuerde usted el bochornoso espectáculo que hace unos días nos dieron a conocer los medios masivos de comunicación, cuando dos legisladores de distinto partido escenificaron una discusión repleta de adjetivos calificativos francamente vergonzosos, diálogos que hacen palidecer a los que se dan en las piqueras o en los barrios bajos de las grandes ciudades. Aquellos mensajes son patéticos, deleznables, reprobables y reflejan la ausencia de una disposición sólida para representar al pueblo en el Congreso de la Unión.
Francamente, se añoran los debates entre Vicente Lombardo Toledano y Manuel Gómez Morín; se extrañan sus respuestas inteligentes y maduras, cuajadas de conocimientos. Tanto Lombardo como Gómez Morín, en su tiempo -lo registra la historia-, manifestaron desacuerdos con las tendencias políticas que se dieron en la década de los treinta; Gómez Morín fundó en 1939 el Partido (de) Acción Nacional y el teziuteco hizo todo su esfuerzo por crear el Partido Popular Socialista en 1945. Los debates entre ellos representaban un duelo de inteligencia, de herramientas filosóficas, sociológicas y de historia universal; uno, inmerso en el pensamiento cristiano y el otro, deslumbrado por la lectura de la obra “El Capital”, debida a la pluma vigorosa del judío Carlos Marx.
En nuestro tiempo, han irrumpido nuevos autores, pensadores formados en las más prestigiadas universidades y que representan tendencias distintas para conducir la sociedad. Todos ellos ofrecen elementos que deberían ser utilizados para persuadir a las masas populares del camino que debemos emprender juntos para encontrar soluciones nuevas a viejos y recientes problemas.
Por otra parte, lo que ha sucedido en Durango y que está a punto de explotar en Oaxaca, indica que la lucha por el poder es por el poder mismo. Se trata de amalgamas y mixturas que confunden no tan sólo al electorado sino a la sociedad en general, porque se hacen alianzas que tienen como propósito único y exclusivo arrebatar al Partido Revolucionario Institucional la influencia que ejerce entre los sufragantes de diversas entidades federativas, pero no hay una claridad respecto de los lineamientos o acciones que van a emprender los aliancistas deformados, para servirle mejor a los diversos sectores sociales, haciendo hincapié en la gente más pobre, que suma millones de connacionales a lo largo y ancho del país.
El reclamo, si cabe la expresión, es que los políticos vuelvan a refugiarse en los principios, los valores y enarbolen el honor de ser hombres para que con toda dignidad presenten sus ideas, proyectos y planes de desarrollo, ante quienes tienen la responsabilidad de elegir representantes para ayuntamientos, congresos locales y, principalmente, gobiernos de los estados.
Vale la pena citar a Giovanni Sartori, autor de moda que en su libro ¿Qué es la Democracia? Explica que “la nuestra no es sólo crisis de ideas, es también, y ya lo decía, crisis de ideales. Los ideales son valores, son creencias de valor. Por lo tanto, una crisis de ideales es, en último análisis, una crisis moral.
Esa crisis de la habla el italiano Sartori es la que debemos superar los mexicanos.
zmgh12@gmail.com


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